Análisis de Outer Wilds

La música de las estrellas

«El espacio, la última frontera.» Una frase inmortal que resuena en las mentes de todas las personas que, como yo, desean algún día viajar por el espacio. Un sueño que, mientras los científicos se ponen las pilas en este campo, podemos saciar en parte en los videojuegos. Por eso, cada vez que un juego me promete sentir la experiencia de un “verdadero astronauta”, no puedo evitar que mi niño interior sonría con fuerza. Lo malo es que la mayoría de las veces las expectativas no se cumplen del todo, dejándome con una sensación agridulce que termina decantándose hacía el amargor.

Pero en Outer Wilds esto no ocurre. El juego nos da lo que promete y más. Mucho más. Coged vuestros cascos, ajustaros los trajes espaciales y preparaos para el despegue: vamos a caminar por las estrellas.

O al menos una; pues Outer Wilds es, ante todo, un juego de exploración que nos presenta todo un sistema solar por recorrer. O mejor sería decir que nos lo simula. Outer Wilds es un juego de ciencia ficción, pero a diferencia de tantos otros que solo usan esta premisa para la ambientación o la historia, este juego tiene la ciencia y la ficción incrustadas en sus propias mecánicas. Por ejemplo, los cuerpos celestiales, aun siendo todos de tamaño demasiado pequeño para ser ‘reales’, tienen cada uno su gravedad, que será más fuerte cuanto mayor la masa del objeto; y tendremos que tenerla en cuenta para navegar por el espacio o acabaremos estrellados las más de las veces. Hay muchos más ejemplos (bastante mejores que éste, de hecho) de cómo el juego consigue “ficcionar” la física real, pero explicarlos aquí sería robaros la experiencia de descubrirlos vosotros mismos; tendréis que creerme cuando os digo que son todo un alarde de ingenio.

Sin embargo, Outer Wilds no solo se sustenta en su exploración (que podría), pues nada más empezar se nos revela un misterio por resolver: estamos atrapados en un loop temporal. El sol de nuestro sistema solar está a punto de estallar en una supernova, pero nosotros volvemos atrás en el tiempo cada vez que morimos a unos cuantos minutos antes de que ocurra la explosión. Naturalmente, es nuestra misión evitar que esto ocurra, y para ello tendremos que descubrir los no pocos secretos que encierra nuestro sistema solar en miniatura. Aquí es donde el juego revela su verdadera naturaleza, un metroidvania de información.

Me explico:

En un metroidvania clásico navegamos el mapa hasta que nos encontramos una ‘puerta’ que no podemos atravesar, ya sea en forma de enemigo invencible, de un obstáculo insalvable o, incluso, de una puerta de verdad. Para conseguir pasar, vamos a necesitar encontrar la ‘llave’ correcta en otra parte del mapa; llave que suele consistir una habilidad nueva. La adquisición de la nueva habilidad no solamente nos permitirá acceder a zonas inexploradas del mapa, sino que suele cambiar la forma en la que nos trasladamos por el mundo, ya sea porque nos hace más poderosos o porque nos añada opciones de desplazamiento. En Outer Wilds poseemos desde el principio todas las herramientas y habilidades que necesitamos para llegar al final del juego. En el propio tutorial nos enseñan sus usos más básicos y nos incita a que practiquemos con ellas (que en el caso de la nave, nuestro medio de transporte, vamos a necesitarlo y mucho). Sin embargo, lo que nos falta es el conocimiento de los elementos que componen el sistema solar y cómo interactuar con ellos. Nos encontraremos ‘puertas’ como en cualquier metroidvania, pero las ‘llaves’ las tenemos desde el principio, solo necesitamos aprender a usarlas. Ese conocimiento lo podemos adquirir por puro ingenio, o, en ocasiones, por prueba y error; pero la forma que tiene el juego de desbloquearnos esas ‘llaves’ es a través de pistas diseminadas por las distintas localizaciones del juego. De tal modo que habrá que explorar lugares nuevos a la caza de esa información que nos permita avanzar por la ‘puerta’ que lleva horas matándonos de curiosidad. Como se puede hacer dificultoso recordar toda la información que nos lanza el juego, y para ayudarnos a separar la paja del trigo, nuestra nave tiene un registro de las localizaciones que hemos visitado donde aparece un resumen de los datos que hayamos recopilado y nos marcará si nos falta algo por explorar. Este registro es lo único que se mantiene entre loop y loop, además de nuestra memoria. Poco a poco, dato a dato, el misterio de la supernova y el loop temporal se van desvelando; y entonces será cuando Outer Wilds se transforme por última vez, para pasar a ser un gigantesco puzle que debemos resolver para salvar nuestro sistema solar. Sinceramente, nunca me había encontrado con un juego que mutase de género a género de una forma tan sutil y fluida.

Chapó.

En lo visual, Outer Wilds no destaca demasiado en cuanto a potencia. No obstante, consigue mediante una dirección de arte muy cuidada seguir sobrecogiéndonos con sus ingeniosos escenarios. La banda sonora es verdaderamente increíble, a la altura de las grandes de 2019: Death Stranding y Sayonara Wild Hearts. Lo curioso es que, tanto el apartado artístico visual como la BSO, son extremadamente optimistas; siempre nos animan a seguir explorando en un sistema solar extremadamente inhóspito, lleno de peligros, donde podemos morir de múltiples maneras.

En un juego tan redondo y bien pensado sabe mal poner pegas: “que si podrían haber puesto más planetas”, “que si el tiempo del loop es un poco corto” o “los controles de la nave son demasiado difíciles”; y además, estaría feo terminar el análisis así. No creo que Outer Wilds sea para todo el mundo, pero si os gusta la astrofísica o la ciencia-ficción, es vuestro juego; si os gusta la exploración, es vuestro juego; si disfrutáis resolviendo misterios, no lo dudéis.

Es vuestro juego.

See you, space cowboy!

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